espaciovalverde
Seguir a espaciovalverde en Twitter




Inauguración sábado 5 de abril de 11 a 21:30

En Espacio Valverde



Sapientia ubi Invenitur (¿Dónde está la sabiduría?) es una exposición colectiva comisariada por Antonio Betancor en la que varios artistas contemporáneos han trabajado sobre una selección de grabados de William Blake, concretamente siete planchas originales del libro de Job que serán expuestas en la galería.

-Desde su encumbramiento en catacumbas, basílicas, palacios, mercados y museos hasta su virulento rechazo en las recurrentes ráfagas de iconoclastia, el exaltado papel del arte se origina en esta certeza instintiva que debemos a una revelación de la sabiduría, esto es, al misterioso poder de una dama que no pregona, sino que muestra, que revela ser "el lugar de la inteligencia", esto es, su figuración, su imagen. No se pretende aquí otra cosa que un modesto gesto de gratitud con esa deuda-
Antonio Betancor




SAPIENTIA UBI INVENITUR
                Libro de Job 28:12

          por Antonio Betancor

Más que una precisa localización topográfica, el “ubi” (‘¿donde?’) de la pregunta se presenta como una invitación personal a participar en la interrogación misma, a recorrer, tan esquiva o explícitamente como se quiera o se pueda, los sinuosos pliegues de su manto planetario; es una invitación a rememorar los primeros pasos de la andadura figurativa, a interrogarse por lo figurado en su condición de inesperado, a afrontarlo como aquello que, desde la redacción del libro de Job hasta William Blake (su entusiasta comentador e ilustrador), se ha venido llamando -con y sin mayúscula, según el caso- “revelación” (et quis est locus intellegentiae?”, prosigue el versículo, amplificando, redondeando y contestando elípticamente su acertijo).

Si el término “revelación” ha tenido serias dificultades en su desprendimiento de la noosfera teológica y su catastrófico aterrizaje en la política, no es menos cierto que no ha perdido, pese a su accidentada travesía y la huella de sus hematomas, un ápice de su vigor y resonancia.

Para los redactores del libro de Job la sabiduría (hokhmah) es la compañera del remoto e inaccesible creador, la encargada de exteriorizar, de hacer visible, de corporificar su voluntad creadora; es por tanto la mediadora de sus esotéricas intenciones y la que nos salva de sucumbir, petrificados o aplastados, por el peso de su crónico secretismo.
Para los helenos la sabiduría (sophia) es el destello, la aureola de verdad  que acompaña a todos y cada uno de sus sondeos de lo real; sin su asistencia la misma idea de indagar lo real se vuelve ociosa. Para el sabio griego filosofar (hacer filo-sophia) es iniciarse, o (en pasiva) ser iniciado- en un misterio amoroso con la realidad, en un amor capaz de traspasar la muerte.

Se requiere hoy -quizá hoy más que nunca- de una laboriosa, amorosa e igualmente iniciática interrogación, revisión y expurgación de nuestros áridos manuales de filosofía e historia (podríamos, o deberíamos, incluir los de arte también) para desentrañar la convicción de fondo compartida por el profeta hebreo y el sabio griego, a saber: que no se puede amar lo que no comparece, lo que no tiene rostro.

Desde su encumbramiento en catacumbas, basílicas, palacios, mercados y museos hasta su virulento rechazo en las recurrentes ráfagas de iconoclastia, el exaltado papel del arte se origina en esta certeza instintiva que debemos a una revelación de la sabiduría, esto es, al misterioso poder de una dama que no pregona, sino que muestra, que revela ser “el lugar de la inteligencia”, esto es, su figuración, su imagen.
No se pretende aquí otra cosa que un modesto gesto de gratitud con esa deuda.

Desde su presentación oficial la sabiduría ha vindicado su autonomía: cortejada y asediada desde todos los flancos ha sabido preservarla y mantenerse, con tenacidad y delicadeza, en una tierra de nadie y a todos accesible que los románticos vislumbraron como el territorio de la imaginación creativa.

Blake remató a su manera ese entusiasta proceso de reconocimiento; para él Jesucristo, el salvador, no puede ser otro que la encarnación de la sabiduría creativa: “Jesus, the Imagination”. La aparición intempestiva de este último, del mesías de la humanidad, pone fin a su comentario del libro de Job y a la hegemonía de Yahveh, el dios celoso que abre sus páginas con sus erráticas e inexpugnables exigencias.

Es imposible descifrar si Blake devuelve el arte a la religión o si, por el contrario, convierte el arte en religión; no lo es tanto sospechar que de su inflamada proclamación se ha beneficiado la parroquia del arte, con su culto, su liturgia y la esotérica mercadotecnia de sus prelados.

El crítico James E. Elkins ha señalado con asombro cómo los profesores de las escuelas de arte que él frecuenta rechazan cualquier pregunta que pueda arrancar a éste del mutismo de su nouménica pureza constitutiva e incomodarlo con engorrosas indagaciones acerca de su pedigrí: a diferencia de las instituciones religiosas, la parroquia del arte no reconoce Señor alguno pero -tal vez por  ello- se jacta del mismo poder irreflexivo de que hace gala el solitario e iracundo Yahveh de Blake, el soltero cósmico que no admite compañera o vástago que humanicen su rostro, el Yahveh que abruma a Job con erráticas demandas sin la menor intención de tener el detalle de explicarse, esto es, de revelarse.

Como tantas parroquias del presente, la del Arte practica el desconcertante monoteísmo puro de un dios eximido de la obligación de tener que visibilizar sus intenciones. Como otras tantas parroquias parece haber perdido también la costumbre de replicarle con preguntas intempestivas y exigirle a la cara, con el descaro y la perseverancia de Job, una respuesta, una revelación personal. Como ninguna otra parroquia, financia un millonario seguro de vida con la celebración anual de su programática iconoclastia.

Espoleada por el entusiasmo romántico, atrincherada en un sublime solipsismo heredado del pietismo iluminista, la empresa figurativa ha dado muestras de unas capacidades naturales de adaptación tan clamorosas como las del mecenazgo capitalista que vino a tenderle la mano desde el ocaso de los príncipes, el enroque de la Iglesia y los desmanes del Estado.

Las turbulencias iconoclastas que, desde Duchamp hasta hoy, pretendieron denunciar sus prerrogativas han sido incorporadas con éxito a su retórica y debidamente fagocitadas por la acrobática elasticidad de su hermenéutica. Son las prerrogativas de

una posición que ha demostrado su poder de reciclarlo todo desde el omnímodo privilegio de una libertad ensimismada con su indefinición esencial, de una ambigüedad constitucional que le permite vivir a sus anchas en una Arcadia incombustible capaz de aclimatar todas las floras y todas las faunas, y de reclamar para sí y para su lucrativo ecumenismo planetario la paz escatológica entre el lobo y el cordero, el leopardo y el cabrito profetizada por Isaías, el antepasado de Job.

Allí donde el olfato profesional del sabio socrático no dudaría en diagnosticar esta omnívora indefinición como aporética (un no saber y un no querer saber crónicos), el mandarinato del arte, encargado de engalanar a su señor, se esmera en presentarla como un festín -o mejor una grande bouffe- de “libertad crítica” (una jovial sinécdoque de diseño que enardece a la parroquia con la fe de estar asistiendo a una cíclica y ditirámbica cabalgata del conocimiento intuitivo absoluto).

No está de más dejarse guiar por la prudencia (otro apelativo común de la sabiduría) y participar en el festín mediático con el oído presto al zumbido del tábano socrático y su fatídico aguijón (o, por volver a la Biblia, celebrar la parranda con el aviso y las cornadas del babilonio Balthazar): tener claro que el juicio final no es el concertado desenlace, con banquete, de una curia de expertos, sino un gusano tenaz que corroe desde dentro la  regimentada compulsión a la bienal y el monumento; tener presente que en todo momento y en cada convocatoria está llegando siempre el día en que, como Job, tenemos que interpelar de nuevo a nuestro monarca, siquiera para evitarle - y evitarnos- el bochorno de desfilar –y de verle desfilar- en pañales ante sus súbditos.

Para el refranero de la piedad Job es el santo de la paciencia; para el imaginario romántico el depositario de la revelación, de la visión que se abre paso desde el ojo del huracán. La respuesta a Job de Blake es el pasaje del sagrado terror (“Holy Terror”) de no saber -y, por ende, no ser- nada, a la epifánica revelación de un rostro que se esconde en lo que no se puede saber aún, un rostro que no responde a los requerimientos de una inteligencia desasistida que no acaba de encontrar su lugar (su locus, por ceñirnos a la Vulgata). La respuesta a Job de Blake es un segundo nacimiento o una resurrección, es el pasmoso  y alentador comienzo de la aventura de ser alguien sabiendo poco, sabiendo lo esencial (“ligero de equipaje”, que diría el poeta).

Blake celebra con Job las nupcias de la Revelación y la  Indigencia, e invita a todos los profetas, sabios, artistas y santos que saben de este asunto a un festín oculto a la visión monocular (“the vegetated mortal eye’s perverted & single vision”), un festín que se celebra entre el cielo y la tierra: apenas a un palmo del cielo raso de su último cobijo oficial, 3 Fountain Court, Strand, London.

Preguntarse por el lugar de la sabiduría es preguntarse por nuestra ubicación en su jerárquica economía, una pregunta de oficio para los sabios griegos.

Es asimismo una anticipación casera y perfectamente singularizada de nuestro juicio final, una familiar melodía de la orquestación bíblica que va subiendo de tono a medida que se va aproximando el periodo intertestamentario.

Es ponerse a desfilar ante un espejo herrumbrado que nos emplaza con mano de hierro y guante de seda en su jerárquico caleidoscopio, con una precisión y sutileza que ha fulminado las pretensiones de reyes, confesionarios, divanes terapéuticos y academias de la historia (la del arte, naturalmente, incluida).

Nada más fácil que posar para la sabiduría, retratarse en el desempeño del viejo oficio de aprender a figurar lo vivido; nada más arduo que revelar la imagen en el cuarto oscuro y no perecer, petrificado o aplastado, en el intento.

Bien mirado, no es de extrañar que la aventura empiece con un viejo profeta hebreo (canonizado, no sin razón, por la piedad cristiana) y que se cierre parentéticamente con un viejo artista romántico empapado de literatura gnóstica y neoplatónica; no es de extrañar tampoco, como ya hemos señalado, la diseminación mística de sus pormenores, ni la esotérica infatuación de su astuta gestión, ni la visceral desorientación de quienes no son tan viejos ni tan sabios como aquellos.

Para éstos últimos el espejo herrumbrado de sophia se reserva la figura del viejo Sócrates, el más astuto, el viejo sileno que salió descalzo del ojo del huracán, de los negros bosques de Tracia -así reza la leyenda- para incomodar a los ciudadanos de la polis, para zumbarles al oído la indigencia absoluta que acompaña, como una larga sombra, como una llaga abierta, como un agujero negro, los esplendores de la visión y sus trágicos y taciturnos acoplamientos con la domesticidad.

Nadie mejor que esta venerable dama y su herrumbrado espejo, sobradamente capaces de penetrar en todos los rincones y de apear de su cabalgadura a cualquier monarca, por supremo que parezca, para cartografiar, con la discreta y delicada firmeza que les caracterizan, los vaivenes del tobogán de lo nuevo que aquí presentamos.

Dada la mortífera contundencia de nuestros anfitriones y su innata capacidad para erizarnos el pelo en medio de la fiesta, sólo recordar que hemos decidido posar amistosamente para sophia, con Job y con Blake como telón de fondo (y con el viejo Sócrates zumbando detrás del telón), no para hacer uso indebido de su osadía y adentrarnos con su asistencia en los laberintos teóricos de una reflexión paralizada por su propia pesantez e irreferencialidad, menos aún para profetizar finales o anticipar resurrecciones, sino para darnos el gusto de recabar modestamente un linaje cabal para nuestro oficio, identificarnos debidamente en el cuarto oscuro de revelado, y salir como dios manda en la foto. Esto es, in flagranti, escarbando en la tierra de nuestra parcela o nuestro tiesto, desenterrando sobre la marcha y con las manos sucias, como en nuestro trabajo, algunas de sus raíces más reveladoras, ya que de revelar se trata.

Nos hemos congregado, como el profeta y su familia, en torno al grueso tronco del árbol de la vida y del conocimiento (del bien y del mal, como se va sabiendo a medida que se va aprendiendo lo esencial), porque creemos que no está de más que se sepa que todos los aquí presentes sabemos hacer cola para el festín. A ninguno le gusta la idea de perderse la ocasión de tocar en una fiesta tan singular, de poder hacer sonar los grandes éxitos inéditos de un compositor esquivo que sólo desenfunda la partitura cuando su señora –y la nuestra, la de cada uno de nosotros- le obliga a salir a escena.

El mero hecho de posar para ella, de exponerse a su mirada, tiene en sí mismo la virtud terapéutica de ejercitar la memoria (más coloquialmente: de darnos todos un repaso): mostrar la pátina expiatoria que recubre cada uno de los tótems aquí exhibidos, mostrar –incluso cuando se resisten- las preguntas, veladas o explícitas que incomodan, vulneran y revelan la reserva (más coloquialmente: la retranca) de sus creadores y la de todo hijo de vecino que, interesándose por su trabajo, quiera exponerse también a salir retratado con ellos.

 


ESPACIOVALVERDE

Valverde 30 28004 Madrid.
Asela : +34 639 632 236
Jacobo: +34 609 572 226
www.espaciovalverde.com
info@espaciovalverde.com