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En concreto   |   Luis Asín     












En concreto


«Irá sobre el hormigón y he pensado que podría llamarse “Concretamente”». Asín no carraspeó, ni subió el tono de voz un ápice, así que debía ir en serio y yo tenía que pensar sobre eso: «Hablemos del título».

Ya nos hemos olvidado de cuando pudo ser algo realmente nuevo. La esperanza de un material mutante resultaba seductora para una arquitectura que invocaba, de tanto en tanto, el mito de la puzolana: de la ceniza a la piedra pasando por el agua. Los primeros acercamientos fueron tímidos, apenas pastiches aseados de las tradicionales estructuras adinteladas. Instigaron, no obstante, prospecciones formales que evidenciaron que el hormigón era apto para lo inédito. ¿Por qué conformarse con la retícula cuando era posible, por vez primera, calcar las trazas de la biología? Siempre que desaparece un intermediario —la abstracción del orden natural, en este caso— hay bajas: lo que se ganó en flexibilidad se perdió en sintaxis. Esas espirales, domos o muros monolíticos pasaron pronto a ser aves al vuelo, o cáscaras, o burbujas, o glaciares al dente que bordearon sin reparos las orillas del kitsch.

Hay dos historias del hormigón por lo menos: la de la forma, que conocemos —con la que convivimos—, y la de su antítesis. El encofrado es una costra, algo que despreciamos; pero lo cierto es que hay algo fascinante en armar algo del revés. Casi todas las teorías de la construcción (y, desde luego, todas sus genealogías) se ocupan del montaje y procesado de los materiales que sí existen: se trenza, se apila, se corta, se ata, se atornilla o se ensambla. No es el caso del hormigón. Este se construye con el negativo y la contraforma; es una historia de fantasmas en la que lo que desaparece es el sudario. Cuando era analógica y mecánica, la imagen también se elaboraba así, a través de la inversión de valores. Negro pero blanco, mal pero bien: el sueño del relativista aficionado. La foto pasó del acetato al bit, del centímetro al píxel y quedó en tierra de nadie; cambió incluso su tempo: el momento de disparar había dejado de ser el final del proceso para convertirse, tan solo, en su inicio. Si nuestras instantáneas han dejado de serlo, si han dejado de documentar para transformarse en una fuente de interpretación, deberían producir otro tipo de restos. ¿Dónde va lo que no se fotografía, el molde de la imagen?

La idea de dedicar unas fotografías al hormigón en 2017 delata cierta obstinación: es un material que tiene mala prensa, solo superada por la del asfalto —Asín, ahí va una sugerencia— y nos recuerda, impertinente, nuestras particulares inconsistencias. Algunos minerales nos sobrevivirán a todos aunque, como es el caso, vengan del vacío. Las piedras contienen tiempo, pero el de esta resulta más cercano al reloj que a la geología, un tiempo humano. Al hormigón lo hemos hecho nosotros: nada menos efímero, nada menos veloz y, en el fondo, nada menos moderno que el material con el que decidimos construir nuestra primera contemporaneidad.

Primero ánimas, luego cuerpos y, para terminar, recuerdos. De todas las cosas que compartían el hormigón y la imagen —y que han quedado obsoletas— había una particularmente hermosa: al fraguar, la química disipaba energía, desprendía un calor que era necesario controlar. En el caso del hormigón para evitar las fisuras; en el de la fotografía, también: las de nuestra realidad. El hormigón es un material paradójico y paratáctico, una piedra líquida en la que huesos y piel son lo mismo. Bajo la perspectiva adecuada, es lo más cercano que puede ofrecer la tectónica al ejercicio del claroscuro.

Luis dijo: «escoge una». Decidí quedarme con la Oca de Niemeyer. Recuerdo que pude entrar en esa montaña hueca de São Paulo. Hacía frío y estaba sola, pero me gusta mucho que Luis la tomase conmigo cerca; aún me reconozco entre las sombras.



INMACULADA MALUENDA y ENRIQUE ENCABO