espaciovalverde







José Pazó, Madrid 2016

Los árboles de Nuno Gil


Sugawara no Michizane tenía mucho cariño a un ciruelo. Por razones vagas, fue desterrado a Daizafu, en la isla de Kyushu, al sur del archipiélago japonés. Allí, escribió un poema sobre su árbol:

 ¡Florece, mi ciruelo
cuando sople el viento del este!
Aunque yo no esté allí para ver tus flores
sigue los dictados de la primavera.

Dicen las crónicas que el ciruelo, añorando a su amo, voló desde Kioto hasta Dazaifu, solo para hacer más llevadero su destierro hasta su muerte. Árboles voladores que añoran a quien los aman. Árboles que vuelan para ser queridos.

Nuno Gil es un amante de los árboles. Su pintura, parte del sueño del detalle y rinde homenaje a la percepción, extraña y limpia, de un árbol bajo la lluvia, de un árbol en el bosque, de un árbol volador en busca de su dueño. Árboles que se esconden tras gotas de plata, y que se deshacen y rehacen bajo unas capas de niebla o en la oscuridad de la noche.

Es extraño ver estos árboles en Madrid. Que han volado, es algo obvio, pero ¿por qué? ¿Adónde? ¿Qué ser añorante de árboles ha hecho que vengan? ¿Qué desterrado los ha invocado en sus plegarias para hacerlos llegar humildes, sumisos, escondidos tras una apariencia discreta, pero llenos del poder y la gracia de los árboles más salvajes y a la vez más reposados?

Nada más verlos, me eché hacia atrás algunos metros. Desde esa distancia, dejé que mis ojos se perdieran en los detalles y en la generalidad. Sentí, por un momento, que estaba frente a un alma japonesa, antigua. Durante los siglos XVII y XVIII, vivió en Japón un pintor, Ogata Korin, que se dedicó a pintar biombos con árboles y plantas. Sus árboles, parciales, deconstruidos y construidos, flotan siempre en mares de oro. Son árboles voladores que salen de la luz para acompañar los días de los desterrados. Nuno Gil, con una sensibilidad ibérica y atlántica, dibuja sus árboles como un artesano de otra época y de esta: con papel y tinta china, pero también con epoxy, grapas y taladradora. Con un trabajo minucioso, oriental en su espíritu, crea hojas que, como actores de kabuki, son otra cosa que hace de hoja, o troncos que son otro objeto que hace de tronco. Sus árboles son pequeñas obras de teatro en el que cada componente lleva a cabo una representación vegetal y arbórea. Hojas que no son hojas pero que tienen la melancolía de serlo. Un sueño de raíces y ramas en el que la simetría siempre habla de la asimetría y viceversa. Árboles que se mueven y vibran como vibra lo que está vivo. Bajo una fina lluvia de grapas.

Tras ver los árboles de Nuno Gil, es difícil no añorar ser un antiguo, o moderno, japonés desterrado en una isla del sur por alguna vaga razón. Es complicado no escribir un poema conminándolos a existir con más fuerza. Es casi imposible no pasar las horas embobado, mirando la luz de la tarde en las altas barandas esperando a que alguno de ellos, compadecido de nuestro destierro, venga volando a consolarnos. Siempre bajo una fina lluvia de plata, que ni es lluvia, ni plata.




Texto excrito con motivo de la exposición de Nuno Gil
O guia práctico da árvores

Exposición abierta hasta el 8 de junio.










A Nuno Gil le interesa la diferencia que él establece entre la pintura y el dibujo. Ante una clara imposibilidad de separación de los límites de la propia forma, su esfuerzo viene tomando cada vez más un sentido radicalmente opuesto, es decir, trata de entender esos límites como algo preciso e inequívoco.

Nuno Gil produce sus obras mediante la superposición de capas sucesivas de tinta y pigmento. En algunos casos, realiza collage de papeles previamente tratados, que combina con dibujos de grafito.

Nuno Gil es el único pintor portugués incluido en la publicación “100 Painters of Tomorrow” editado por Thames and Hudson.

Nuno Gil (Lisboa, 1983).

Exposición en colaboración con Módulo Centro difusor de arte (Lisboa)






info@espaciovalverde.com